
A medida que Buenos Aires iba creciendo en superficie y en población, se hacía más necesario contar con transportes adecuados. A comienzos del siglo XX, la ciudad contaba con
una pequeña flota de automóviles de alquiler (todavía no se llamaban taxis), con tarifas nada populares. El resto del transporte público eran los
trenes y los tranvías a caballo. Pero la novedad en tecnología era el tranvía eléctrico. Desde ya, era mejor que el de tracción a sangre, pero además aventajaba al tren en costo y frecuencia.
Los primeros ensayos se hicieron en la ciudad de La Plata, en 1892. A la ciudad de Buenos Aires llegó en 1897, con un corto recorrido por avenida Las Heras, desde la actual Scalabrini Ortiz hasta Plaza Italia.
Ese mismo año se inició un servicio a Flores que partía desde San Juan y Entre Ríos. También se resolvió establecer un recorrido por la avenida Córdoba rumbo al oeste. Sin embargo, quedó en promesas. Durante cinco años no se concretó este ramal. Por ese motivo, aumentaron las quejas de los usuarios que se beneficiarían. Por fin, el 22 de octubre de 1903, gracias al tesón de Juan Abella, ingeniero de la compañía de Tranvías Eléctricos de Buenos Aires (era la misma que tenía la concesión del corto tramo por Las Heras), logró inaugurarse la línea. Partía de Córdoba y Callao. Llegaba a Chacarita.
Los directivos de la compañía realizaron el primer viaje y participaron de un lunch que se sirvió cuando completaron el trayecto. La innovación mejoró las condiciones de transporte de muchos porteños. Las terminales trabajaban desde las 4:20 de la mañana hasta las 11 de la noche.